30 octubre 2014

No me queda otra salida



Para Álvaro Enrigue, que siempre la saca del campo

Como casi todos los españoles, siempre sentí por el béisbol una casi absoluta indiferencia, la de los que apenas saben de ese deporte por películas y series y no termimnan de entender los entresijos del juego. Nunca fui un beisbolero, me temo. Pero, el primer año de mi estancia en NYC, asistí a un partido de los Yankees contra los Oriols porque un buen amigo, fanático del equipo de Baltimore desde la infancia, me animó a acompañarle a uno de los partidos entre ambos equipos que se jugaban esos días en la ciudad (para los que no conozcan el mecanismo de la liga de béisbol, hay que aclarar que no juegan un simple partido, sino series de cinco encuentros en días seguidos en cada visita que hacen a campo contrario). Cuando estábamos ya en el Yankee Stadium le confesé que, en realidad, había decidido ir hasta allí con él porque quería conocer el escenario del inicio de una de las novelas más impresionantes que he leído, Underworld de Don DeLillo. Y, bueno, porque era la excusa idónea para ir hasta el Bronx, algo que casi nunca hacía. Pero, para decepción mía, me dijo que ese estadio no podía ser el de la novela porque era nuevo, lo habían construido apenas un par de años antes. El terreno del antiguo estadio, situado frente al recién edificado, estaba ahora ocupado por los campos de entrenamiento y las categorías juveniles.
Pasado un tiempo, ya en Nueva Orleans, acudí con otro amigo a una feria de editoriales independientes y librerías locales que tenía lugar en el Museo local de arte contemporáneo. Allí, entre otros saldos, había un ejemplar casi nuevo de Underworld a tan sólo tres o cinco dólares. Animé a mi amigo a comprarlo cuando me dijo que aún no había leído la novela. Y, mientras nos tomábamos un café, lo hojeé de nuevo. Y, para mi sorpresa, me di cuenta de que en realidad el partido fue entre los New York Giants y los Brooklyn Dodgers, y no tuvo lugar en el Yankee Stadium sino en Polo Grounds en 1951, el 3 de octubre concretamente. Obviamente, investigué, y así me enteré de que el lugar que ocupaba el estadio era hoy un parque situado entre la calle 155 de Manhattan y el East River, junto al cual discurre la avenida Edgecombe por la que tantas veces paseé mientras viví en la ciudad al ir a los conciertos que Marjorie Eliot celebra en el salón de su casa cada domingo a la tarde. Conciertos de los que me hablaron, precisamente, el amigo que me llevó a ver el béisbol y su mujer porque, entre otras casualidades, vivían muy cerca del lugar. La bola que sacó aquella tarde del campo Bobby Thomson sigue, a día de hoy, en paradero desconocido, lo que no deja de ser casi milagroso habida cuenta del dinero que podría generar ese objeto en una sociedad tan fetichista como la estadounidense, y la novela de DeLillo gira, precisamente, en torno a los poseedores ficticios de esa bola, lo que le sirve para trazar un panorama devastador del sueño americano, que termina cimentando su riqueza en la basura. Para colmo, al encontrar fotos de aquel día me he sorprendido al ver que Bobby Thomson jugaba entonces con el dorsal 23, que es el que yo usaría por el sencillo motivo de ser el día de mi cumpleaños.
Cuando, este año, terminaba la temporada regular del campeonato hice lo mismo que hago siempre desde aquella visita al Yankee Stadium: comprobar cómo van los Oriols para ver si debo felicitar a mi amigo porque su equipo llegó a la postemporada. Y, efectivamente, allí estaban, lo que fue una alegría. Pero, al ver el calendario, reparé en que los Giants, ahora ubicados en San Francisco, habían logrado colarse casi de milagro para jugar lo que se denomina Wild Card. Se trata de una eliminatoria a un solo partido que juegan el cuarto y quinto clasificados de la temporada regular de cada liga o división y que permite el acceso a las semifinales de liga frente al primer clasificado. Y, como un juego, un entretenimiento, comencé a sentir que debía animar a los Giants. Por la novela de DeLillo, por la visita al Yankee Stadium, por los paseos por Harlem, no lo sé bien. Si me apuran hasta reconoceré que porque me gusta mucho el uniforme de los Giants: naranja, blanco y negro. (Sí, lo sé, los colores que usa este blog desde tiempo inmemorial.) El asunto es que desde entonces he visto casi todos los partidos que he podido de la postemporada, a veces acompañado del amigo que compró el libro de DeLillo, y que aún no sé si ha leído, y que he ido sintiendo, poco a poco, a los Giants como "mi" equipo. He ido aprendiendo más sobre el juego, el nombre de los jugadores, sus rostros, sus características, sus trucos y sus estrategias. Me he ido enterando de que ahora es un equipo ganador de nuevo, que en los últimos cinco años ha ganado tres series mundiales, la última la de esta noche. La que ha ido transcurriendo entrada tras entrada hasta la novena mientras escribía estas líneas. Y me he acordado de que mi amigo se hizo fanático de los Oriols porque ganaron el año en que a él comenzó a interesarle el béisbol. Así que ya no me queda otra salida que ser desde ya un fanático de los Gigantes.

26 octubre 2014

Un paso en la luna




“La mayor incomodidad de esta historia es ser cierta. Se equivocan los que piensan que es más fácil contar hechos verídicos que inventar una anécdota, sus relaciones y sus leyes. La realidad, es sabido, tiene una lógica esquiva; una lógica que parece, a ratos, imposible de narrar.”
Ricardo Piglia, Mata Hari 55

Operación masacre es un libro paradójico. Por un lado porque se inserta plenamente en la tradición del policial tal y como se venía escribiendo hasta entonces en Argentina. Pero al mismo tiempo porque inaugura el hard boiled en el Cono Sur, tanto por temática como por, hasta cierto punto, estética, ya que en buena medida el tono periodístico ha venido siendo desde entonces uno de los más frecuentados por los autores de serie negra. Pero, al mismo tiempo, subvierte los clichés del género desde su mismo inicio: no arranca con la aparición de un cadáver, sino la de un superviviente. Frente al esquema tradicional de la novela detectivesca, donde se trata de averiguar quién fue el asesino y qué le llevo a cometer el crimen, Walsh desplaza la atención a otro lugar: antepone los objetivos del acto de escritura en sí al desarrollo de la trama policial. Los victimarios se conocen desde el inicio, así como los motivos que los mueven, de lo que se trata es de probar su intención de ajusticiar a inocentes, es más, la de evidenciar su condición de víctimas, porque ni siquiera a eso parecen tener derecho los que fueron fusilados chapuceramente saltándose el marco legal que la policía y el ejército afirman defender. Por eso cobra una relevancia creciente dentro del libro todo el aparato judicial, que pretende no esclarecer los hechos, algo que está meridianamente claro desde el inicio, sino las circunstancias de los mismos. Son esos detalles los que sirven para dilucidar la ilegalidad de los actos policiales y, por lo tanto, la narración gira en torno a ellos para poder exigir una condena por las detenciones y fusilamientos ilegales.
No es el único de los principios formales del género que la novela de Walsh pone en cuestión, reescribe o, por decirlo en lenguaje académico de hoy, tensiona. El más importante de ellos es, sin duda, el suspense. Al no pretender divertir al lector, sino azuzarle, involucrarle en los hechos narrados, , que lo afectan de modo directo porque, ante todo, son históricos, no trata de construir una narración más o menos bien acabada que use los hechos reales apenas como armazón del relato. Cualquier lector que hubiera transitado por la extensa producción de cuentos policiales de Walsh —prodigios de investigación analítica que los convierten en una prolongación de la línea inaugurada en la senda de Poe y alargada por Borges, en colaboración con Bioy en algunos casos, dentro de la literatura argentina—, sabe que, si se trata de mantener al lector pendiente de la intriga, Walsh sabe construir perfectamente un relato que encaje dentro de esas características. Conoce al dedillo los mecanismos de la narrativa policial, y por eso desde el primer momento decide que Operación masacre no debe pasar a formar parte de esa estirpe sino que debe trabajar contra ella. Porque, al mismo tiempo que inaugura del modo más radical la serie negra argentina —no es casual que para muchos de los escritores que hoy se insertan en el género Walsh sea su primer referente— su objetivo queda claramente explicitado a lo largo del texto: la denuncia de los crímenes de estado. Si algo es Operación masacre  es la demostración irrebatible de que el de panfletario es el adjetivo más equivocado de todos los que la crítica literaria usa. Resulta muy interesante, en ese sentido, poder leer la secuencia de prólogos y demás paratextos que fueron acompañando las sucesivas ediciones del libro, donde se aprecia la creciente implicación política, hasta llegar a la militancia armada, que vive Walsh desde su originaria posición como simpatizante de la Revolución libertadora a su implicación final en la lucha montonera de los setenta. Los veinte años que transcurren desde la primera redacción de Operación masacre hasta su desaparición a manos de la dictadura de la Junta militar argentina pueden ser vistos como la transformación de un hombre que se plasma, como una sinécdoque perfecta, en el enfoque del libro que inaugura la narrativa de no ficción argentina: hay que conocer las reglas del juego para entender cómo el rival las quiebra y, en consecuencia, quebrarlas uno mismo para poder obtener la victoria. Aunque sea una victoria pírrica. El rival en el juego, el oponente, se transforma en la vida real en enemigo, y de ese modo lo que puede ser una contienda más o menos intensa en un juego, por ejemplo en el ajedrez, pasa a ser un enfrentamiento de orden vital, la lucha de clases llevada al terreno de la creación y estética literarias. Invirtiendo el axioma de Clausewitz, la escritura, el panfleto, pasa a ser la continuación de la guerra por otros medios. Siguiendo esa línea, es imposible no entender la «trilogía no ficcional» de Walsh como un encarnizamiento de ese conflicto, tanto El caso Satanowski como ¿Quién mató a Rosendo? —con la que dialoga de modo directo y aprovechado, ya que no puede ser respondido, Vargas Llosa en ¿Quién mató a Palomino Molero?, texto que puede, y debe, ser considerado el primero donde se inicia el striptease ultraliberal y neocon del hoy premio Nobel—, como la evolución que culmina con el que quizás sea, lo afirma el propio Piglia en un texto que muchas veces se ha usado como epílogo en las ediciones de Operación masacre, el texto literario de mayor relevancia política de la Historia argentina reciente: la Carta abierta a la junta militar que Walsh envía a los periódicos un día antes de que un comando de ultraderecha lo abata tras un tiroteo cerca de la estación de Constitución y lo desaparezca. No es gratuito que las sucesivas ediciones de Operación masacre se cierren con dicha carta a modo de epílogo.

La entrevista que Piglia le hizo en 1970 a Walsh es muy ilustrativa en ese sentido. Por un lado jamás se habla de sus novelas de no ficción como «crónica», sino que se decanta por el término «denuncia». Además, las defiende como una evolución frente a la mirada burguesa que vehiculan las novelas de ficción al uso. Lo verdaderamente transformador de la escritura de Walsh, como ha terminado por hacer notar Piglia en fechas más recientes, —en concreto en una clase magistral sobre Walsh dictada en el Centro Cultural San Martín en 2013 y que, posiblemente, como las clases magistrales registradas por la televisión pública argentina, no sean sino la divulgación de las clases que durante tantos años ha dictado en diversas universidades—, es el modo en que se ubica para leer la realidad. Todo hecho narrado es interpretado como la traslación de un acontecimiento real. A veces dicho referente real no está explicitado en el texto, y es el propio lector quien debe rellenarlo, y debe hacerlo no usando su memoria íntima sino la pública, la de los hechos que nos afectan a todos, que se analizan y fijan a través de la Historia. Es en esa permanente apropiación y desplazamiento de los acontecimientos históricos dentro del relato, ese trasiego que el lector mismo debe realizar, donde quizás se asiente, en buena medida, la capacidad que tenga hoy la narrativa policial de dialogar con el presente y servir como herramienta que lo disecciona. Y eso está en todo Walsh, no sólo en sus textos de no ficción, donde el propio autor explicita esos referentes, sino en cada uno de sus textos. Esa es la huella, invisible como la de Amstrong desde la Tierra pero que sabemos perenne, que dejó Walsh en la literatura.


22 agosto 2014

La impunidad del relato. Entrevista con Sergio Chejfec


Apenas un año después de la edición de La experiencia dramática, la tercera novela de Sergio Chejfec que la editorial Candaya ha publicado en España, aparece ahora en las librerías su primer libro de relatos: Modo linterna. Lejos de la idea que desprende la publicación sucesiva de los dos títulos, son textos que han crecido juntos y que, de cierta manera, pueden ser leídos como las caras de una misma moneda. La publicación de ambos libros ha servido, junto al aplauso unánime que han obtenido las traducciones de su obra al inglés, francés o hebreo, para consolidarlo como uno de los autores latinoamericanos más reconocidos, lo que ha servido para confirmar la rotunda afirmación que hiciera Beatriz Sarlo: «Ni Piglia ni Aira: Sergio Chejfec». Esta entrevista se ha ido construyendo, como ambos libros, en varios tiempos, acompañando paseos por las calles de Manhattan, alrededor de tazas de café y mediante ajustes finales en la distancia que el correo electrónico permite atenuar. 

Veinticinco años de carrera y catorce libros publicados. ¿No es un modo extraño de estrenarse en un género, el del cuento, que parece servir siempre como carta de presentación de un autor? 
La verdad es que no lo siento como un estreno ni como un comienzo, aunque entiendo lo que quieres decir —y en la medida en que lo entiendo supongo que podría estar de acuerdo, pero sólo a efectos explicativos—. Más bien lo veo como una forma de escribir relatos por otros medios. Quiero decir, creo que en general escribo relatos, o narraciones; y que a éstos les ha tocado ser breves. La única diferencia que encuentro relevante es que, en general, narraciones breves o extensas se diferencian (una de las diferencias) según como administran la información. La novela larga busca convencer; la corta busca engañar o confundir. Creo que mi tendencia en este caso es proponer novelas cortas de muy pequeño formato.

En tu narrativa hay una presencia constante del paseo como marco de la narración. En La experiencia dramática y en Modo linterna vuelves a usar los paseos de los protagonistas como excusa argumental. ¿Por qué el paseo? 
Creo que caminar es una manera de viajar. Y parte de la literatura, desde los comienzos, se sirve de desplazamientos. El desplazamiento como acción narrativa básica, después se producen naturalmente los desarrollos. Uno se va, llega, cambia de sitio. Son momentos “¡Zas!”; pasa esto, se produce un cambio, el entorno es otro, nuevo paisaje y nuevas personas. El viaje en general. Ahora bien, de todas las formas de desplazarse, la caminata me parece la más radical. Está obviamente la tradición de escritores caminantes; es una tradición tan vehemente que uno se pregunta si caminata y escritura no serán prácticas misteriosamente complementarias. La caminata como acción que produce una sintaxis mental y narrativa propia, una especie de rumia derivada de cambios espaciales a velocidad humana. Rousseau, Borges, Svevo, Benjamin, Joyce, Kafka, Sterne, Stifter, Walser, Sebald, Chatwin. Eso para no hablar de los héroes literarios que precisaron caminar, desde El Quijote a Auguste Dupin. Dupin es un caso ejemplar, porque se realiza tanto cuando camina como cuando se encierra. Eso por el lado de la literatura. Fuera de ella, uno puede decir que la caminata, “el caminar”, es casi la única actividad no colonizada por la economía súper capitalista, que tiende a fragmentar el consumo y crear necesidades a partir de nuevos artículos. Quiero decir, para caminar no se vende nada especial, y sí hay un mercado alrededor de comer, correr, dormir, practicar sexo, leer, etc. De manera que, para resumir, diría que mis personajes se detienen en las acciones mínimas, el tipo de acciones elementales como la caminata. Y al mismo tiempo son a veces rumiantes cerebrales, que han encontrado en la velocidad que imprimen las dos piernas el ritmo adecuado para avanzar con sus pensamientos. Es curioso cómo la forma más natural y primitiva de desplazarse puede convertirse en una actividad afirmativa.

Frente a tus novelas anteriores, donde todo el peso de la narración descansaba en un protagonista, que a veces era el propio narrador, en esta hay muchos más personajes. ¿Por qué ese cambio? 
Esta novela está más poblada, es verdad. Teniendo en cuenta que en mis libros suele haber uno o dos personajes, acá se produce un salto masivo, son como cuatro… Los libros recientes que mencionás son algo así como soliloquios. En general el narrador ocupa un lugar destacado, seleccionando lo que se dice y el significado de lo ocurre. Parece inevitable. Como anuncia el título, en la novela de ahora buscaba un carácter teatral. Los personajes piensan y opinan sobre los otros todo el tiempo; no les preocupa demasiado actuar, digamos, sino calibrar el significado de las premisas y las acciones de los otros pero, en la medida en que lo hacen constantemente, suponen que pueden estar siendo objetos del mismo tipo de miradas. Porque en la literatura, como en la realidad, no siempre un personaje puede saber qué pasa en la conciencia de otro. Pero me gusta suponer que sí, como si estuvieran en sintonía telepática, porque es una forma más de incorporar el artificio que, de modo inevitable, siempre está latente. Como si uno dijera: cuanto más fabricados son algunos aspectos del relato, cuanto más se ve el capricho y la arbitrariedad de la composición, el conjunto adquiere un estatuto real diferente. No es que sea más real, sino más autónomo, plausible porque es menos pretencioso. La ficción consiste en eso; no se vincula tanto con las acciones precisadas o la anécdota, sino con la construcción de un escenario donde se describe lo que ocurre con casi absoluta impunidad. Y esta novela está formada por escenas yuxtapuestas, y en ellas los personajes tienen que aportar algo, tienen que ser actores. A la vez, saben que son actores de sí mismos. Carecen de papeles exteriores a ellos, porque de alguna manera ellos ya son lo suficientemente exteriores como para necesitar otros papeles.

Tu escritura ha trabajado, desde sus inicios, la tenue frontera que separa lo que podríamos denominar, por simplificar, ficción y realidad. Podría casi atreverme a postular la existencia de un género para definir la escritura de Chejfec: «no no-ficción». Lo llamativo en Modo linterna es que aparecen muchas más referencias (personas, lugares) del mundo «real» claramente identificados, frente al desdibujamiento de las novelas. ¿Por qué? 
Para mí lo importante, en ocasiones, es que la historia produzca su propia ficción. No me gusta ponerme en el lugar de un emisor de ficción. No me gusta porque lo considero arrogante. No me siento autorizado para decir “Había una vez…”. ¿Cómo resolver el problema del escritor que no cree en la ficción? No tengo recetas generales. En mi caso, tampoco creo plenamente en la crónica (también considero arrogante el género). Por lo tanto, pienso, en la medida en que no me siento autorizado para “contar” la ficción o lo real, mi recurso es introducir la idea de ficción o el valor de real dentro del desarrollo del relato, como si fueran elementos interiores, que dependen de su desarrollo. No es que obedezca a un plan; me doy cuenta de que es como se termina dando. De ahí, quizá, la presencia de lo especulativo. La especulación es para mí una suerte de imaginación no fáctica, vinculada más con los escenarios que con la fantasía de acciones o caracteres.

Como has señalado en el mismo título de la novela, La experiencia dramática, la sombra teatral se extiende a lo largo del libro, pero también en la construcción de los personajes, que son conscientes de su actuación o fingimiento. 
Bueno, en un punto es como dicen los versos de Circe Maia que sirven de epígrafe a la novela. El viajero no espera lugares, lo que busca es una situación, “signos de lo lejos”. Diría que a esta novela no le interesan tanto las personas, los personajes y sus aprendizajes, como un escenario, las escenas en que se ponen de manifiesto. Los protagonistas son simples y tortuosos a la vez, actúan de sí mismos. En este sentido quizá sean extrañamente contemporáneos en términos de sensibilidad. Son flotantes y parasitarios; el trabajo, del que probablemente carezcan, no es relevante; no tienen premisas firmes; están desvinculados de lo social; tienen creencias imprecisas y cambiantes; son un poco egoístas y triviales, pero competitivos; también se sienten un poco frustrados y son equívocamente nostálgicos. Son como ancianos sin pasado. Es como si todo lo actuaran porque es la única manera de soportar la experiencia de la vida. Y por eso son intermitentemente concientes de la representación que están llevando adelante.

La estructura es difusa. No se podría asegurar de modo tajante si se trata de un único paseo que abarcaría toda la extensión de la novela o, por el contrario, de fragmentos o continuidades establecidas usando cada uno de esos paseos semanales que los protagonistas realizan en común.
Creo que toda novela lo que busca mostrar es un momento elástico. O elastizado. Lo que recordamos de las novelas es un impacto repartido en el tiempo. Podemos recordar páginas y momentos puntuales, pero siempre lo que queda es un sentimiento que funciona como un continuo que se extiende hacia atrás y hacia adelante. Yo diría que la estructura de esta novela es difusa y transparente a la vez. Los paseos no están diferenciados, es verdad, porque no tienen importancia como unidades dramáticas. Todos los encuentros forman un solo paseo, una sola situación, que la novela busca mostrar como si fuera ese momento elástico que se deriva de la lectura.

¿Hay un texto dramatúrgico detrás de la concepción de la novela? 
La novela está concebida, o pensada como si se tratara del relato de una representación. De ahí la inclinación por incluir ciertas situaciones imaginarias y afecciones en el sentido de evaluaciones morales o emocionales. También la presencia de los ademanes, gestos y movimientos escénicos insertos en la narración. Creo que en general mis historias son un poco teatrales; esto se debe a algo muy simple: el narrador es quien observa y considera el relato. El teatro como género proyecta una mirada: te hace ver lo que quiere que veas. Pero todo lo que ves en el teatro es «cierto», ocurre, porque estás viendo la mesa, o el sucedáneo de la mesa, y al actor que camina o habla. En este sentido, dada la fuerza de los hechos materiales, el teatro crea muy rápidamente su propio verosímil. La novela carece de escenario físico; la única posibilidad que tiene, si se lo propone, es proponer el artificio como un préstamo de lo real. Si presentamos a alguien que actúa de modo natural es una cosa, pero cuando está actuando como si estuviera representando tiene una fuerza dramática más enigmática. Esa faceta representacional, como si fuera un polo que gravita dentro de la narración en contra de su linealidad, para mí tiene que ver con una postulación de tipo literaria, en el sentido más directo de la palabra. Me interesa profundizar en qué pasa si consideramos la literatura como un relato que busque representar hechos que se están actuando y, al mismo tiempo, reflexionar sobre ellos. Y darle a esa anécdota, que no es real pero que se presenta como si lo fuera pero no le importara, una consistencia dramática plena. Es lo que le falta al teatro para ser absolutamente legible o consistente en el sentido que la tarea de los actores, generalmente, apunta a poner en evidencia el grado de sintonía o identificación con los personajes que deben representar. En cambio la narrativa tiene la ventaja de cuestionar ese tipo de vínculo que para el teatro es impuesto. Hay teatros que pueden trabajar en contra de ese vínculo, y hay muchas otras alternativas, pero desde un punto de vista esquemático, creo que se podría pensar en una literatura que por un lado busque narrar sobre hechos que están siendo representados y al mismo tiempo reflexionar sobre esos hechos como si fueran verdaderos y reales.

Los nueve relatos que articulan Modo linterna se presentan como unos textos difíciles de encajar dentro del molde que el lector tiende a proyectar de lo que es un cuento. Además, encajan muy bien para formar un todo más continuo, una novela dividida casi. ¿Cómo concibes el género y en qué medida pretendes ser respetuoso con sus modelos? 
En general, los cuentos se apoyan en relaciones de causa y efecto para organizar lo que ocurre. Pueden ser lineales, fracturados, fantásticos, policiales, etc. Eso, en la medida en que un cuento se proponga contar cierta peripecia. Pero esto suena muy general, y en parte es porque no existe un modelo al que deber respeto. Como lector, siempre preferí los no-cuentos: relatos cuyo avance esté menos dirigido por la idea de misterio o resolución de un enigma, que por la construcción de una atmósfera de la que, en definitiva, ese enigma sea un efecto.

¿Por qué nunca has escrito teatro? 
¿Qué es escribir teatro? Me gusta más la idea de la teatralidad como forma dentro de la narración. Así como el narrador se lee a sí mismo para seguir avanzando, los personajes se interpretan a sí mismos. 

La “experiencia dramática”, que sirve como excusa argumental y da título a la novela, destaca esa interpretación desplazada de la vida como una serie de hechos merecedores de ser interpretados, vividos de nuevo a través de la actuación.
La experiencia dramática es el leit motiv. Dos amigos se reúnen a conversar. Ella es una actriz vocacional y como ejercicio de sus clases de interpretación debe representar la experiencia más dramática de su vida. Pero no sabe cuál es. ¿Tiene que haber sido dramática en el momento que se produjo? ¿Puede haber adquirido su dramatismo después? ¿Puede dividirse en escenas encadenadas? La experiencia dramática es algo perteneciente al pasado. Es el tipo de cosas que nos hacen hablar. Pero a la vez, la experiencia dramática es la experiencia de lo escénico, la actuación (ya sea como actor o como testigo). Los personajes están sometidos a la fuerza que los hace actuar y ver lo actuado en los otros. En este sentido son un poco autómatas.

¿Cuándo comprendiste que el puñado de textos que habías ido escribiendo a lo largo de la última década podían construir un libro de relatos tan cohesionado por temática y obsesiones como este?
Escribí estos relatos a lo largo de siete años, en general para revistas o libros colectivos. Diría que se fueron acumulando. Y en cierto momento se me ocurrió pensar que algunos podían ser tributarios de las novelas que escribía en la época de cada cual. No lo digo en términos genéticos o filológicos, sino como preocupaciones temáticas o conceptuales. Es decir, pensé que podían describir un trazado, y que como tal dibujaban acaso una paralela discontinua, pero alguna figura parecida. O sea, me ilusioné con la posibilidad de haber escrito en dos dimensiones o registros, y más aún, ante la eventualidad de no saber cuál línea repica en la otra.

Toda tu vida como autor se ha desarrollado fuera de tu país, cómo te relacionas con esa situación tan particular. 
En 1990, al irme estaba saliendo Lenta biografía. Al tiempo salió la segunda novela. Lo que vino después lo escribí afuera. Vivir en el exterior del país es verificar un vínculo, una respiración, que sentía ya distanciadamente cuando estaba adentro. Seguí publicando en la Argentina, y es el primer sitio donde me interesa hacerlo, siempre. Cuando escribo pienso que eso de una manera u otra va a ser leído en la Argentina; está dirigido a mi biblioteca imaginaria, esa biblioteca fantasmática que tienen los escritores y que se compone de títulos, momentos, autores, entonaciones, una comunidad un poco movediza y totalmente subjetiva. A la vez uno va perdiendo detalles de la trama literaria, debido a la ausencia se complica esa sintonía que no precisas adquirir para poder moverte en tu mundo. De todos modos trato de estar al tanto, porque en definitiva quien está fuera idealiza la totalidad que te ofrece el país, o la plenitud que se deriva de estar dentro. Es divertido cómo la distancia física teje algo así como una selección espontánea de lo que encontrás. Pero eso tiene un correlato, porque al estar fuera terminás poniendo más empeño por enterarte de lo que sucede de lo que hacen muchos de los que están adentro.

Entrevista publicada en El cuaderno, el que fuera suplemento cultural de La Voz de Asturias, 
número 56, correspondiente a mayo de 2014 
aunque, paradójicamente, en su edición en papel apareciera con la fecha equivocada de 2013. 

18 agosto 2014

Lo tuyo son manías, lo mío rituales


Las manías, como las flatulencias, sólo son soportables cuando son propias. Las ajenas molestan, sorprenden e incomodan. Por eso, no es de extrañar que todo ritual de otra persona parezca, en primera instancia, incomprensible. A esa circunstancia se suma el hecho de que es muy posible que las liturgias propias, más o menos rigurosas, nos pasen totalmente desapercibidas porque nos parecen comportamientos lógicos. Cuando me entré de que Franzen escribió The Corrections encerrándose cada día durante cuatro años en su estudio de Harlem con las persianas bajadas, las luces apagadas, un antifaz para dormir, tapones en los oídos y orejeras entendí por qué su obra es tan insoportable. Y mala. No sorprende que su siguiente novela se titulase Freedom, andaría muy necesitado de ella. Quizás para algunos es la encarnación del Zeitgeist de nuestro tiempo porque refleja la vida de quienes están enganchados a su teléfono: sin relación alguna con su entorno. Ensimismada e intrascendente. Idiotas con celular o con procesador de textos, qué más da. Quizás de haber escrito mirando la pantalla la novela hubiera estado lista en dos años. No habría sido mucho peor.
Yo estoy convencido de no exigir condiciones especiales para escribir. Lo he hecho en casa, sólo o acompañado, en cafés, aeropuertos o redacciones. Siempre que fueran textos circunstanciales, claro, académicos o periodísticos, porque las novelas las he escrito siempre cuando no tenía nada mejor que hacer. Lo más parecido a un ritual en que incurro, y sólo cuando tengo mi compu, es usar una plantilla formateada del procesador con la apariencia de un libro impreso. Las ochenta páginas del texto ocuparán ochenta páginas impresas. Salvo que en la editorial le hayan encargado la maqueta a uno de esos recién egresados de las escuelas de diseño que jamás han leído un libro y entregan engendros imposibles de leer.
Manías leves, soportables. Nada como lo de Capote, que escribía tumbado dos borradores a mano que más tarde mecanografiaba en la misma cama apoyando la máquina de escribir sobre sus rodillas, teniendo siempre la precaución de no comenzar ni terminar texto alguno en viernes —¿por qué no dejar de trabajar los viernes, me he preguntado siempre?— y que jamás podía ver más de tres colillas en ningún cenicero, lo que lo obligaba a frecuentes interrupciones para vaciarlos… Tal vez todo ese comportamiento no tenga misterio alguno para un estudiante de primer curso de Psicología. A mí, sencillamente, me parece un milagro que, así, lograra piezas tan perfectas y turbadoras. O quizás tanto obstáculo decante el estilo. Quién sabe. 
Publicado el 27 de julio de 2014 en el Diario Perfil

18 mayo 2013

Lenta biografía


Cada vez más el poema es un gesto de amabilidad desolada, 
una apariencia esencial y no una realidad esencial. 
Igor Barreto, El llano ciego 

Se acaricia el cráneo afeitado con la yema del dedo. El gesto puede ser entendido como un indicador de que está calibrando el interés de la pregunta que se le ha hecho o meditando una respuesta válida. Son, en todo caso, interpretaciones. Después de que Rodin hiciera su célebre escultura parece que cualquier persona que se toca la cabeza se halla sumido en las reflexiones más profundas. La mano parece dirigir el pensamiento, si toca el cráneo es porque es el cerebro lo que se está usando. Sin embargo es posible que el origen de ese gesto, tan suyo por la cantidad de veces que lo repite, se deba tan sólo a la costumbre de cerciorarse de la longitud de su cabello. Tal vez se trate ya de un tic inconsciente, como lo son todos los tics por otro lado, y él mismo no sea consciente de la cantidad de veces en que las yemas de sus dedos índice y corazón se desplazan de la parte superior de su frente hasta la región occipital. Ese gesto recalca aún más su calvicie, que es lo más llamativo de su aspecto al primer vistazo. Pareciera que una cabeza afeitada induce a considerar que la persona es más meditabunda. Otro signo poderoso: el cráneo no se oculta, así que fije la atención del que mira. Muchas veces, cuando me toca describirlo para gente que jamás lo ha visto les digo que se parece a Foucault. Pero sin el jersey con cuello de cisne. Sí he visto alguna fotografía del filósofo francés en la que todavía se le ve con algo de pelo, y en cambio no he visto jamás una sola instantánea en la que él no tuviera el cráneo pulcramente afeitado. Intuyo que, obedeciendo las imposiciones de una coquetería inusual en él, que podría calificarse como coquetería humilde porque está basada en el respeto y la cortesía hacia los demás más que en la vanidad o el narcisismo, jamás se permite el descuido de aparecer en público con aspecto desaseado. En su caso eso significa que se afeita el cabello y la barba con absoluta pulcritud. Todos los días en que dicta clase o tiene en su agenda algún compromiso social acude afeitado y sólo en algunos días fuera de horarios prefijados, en días de asueto y fines de semana en que uno aprovecha para disfrutar de los placeres de olvidar las obligaciones, lo he visto con una incipiente barba de dos o tres días y unas canas brotando tímidas a los lados de la cabeza, sobre las orejas. Pero, como ya he dicho, ha sido en muy contadas ocasiones y, ahora que lo recuerdo, él estaba en medio de algún viaje donde lo primero que llamaba la atención era el escaso equipaje que portaba: una pequeña mochila de uso diario que a él le basta para cinco noches fuera de casa.
Tampoco es habitual verle sin gafas. Casi nunca se las quita, ni siquiera para limpiarlas en público, cayendo en ese gesto tan habitual de algunos miopes. Las pocas veces en que, en medio de una charla ante un café o una cerveza, se permite abandonar ese parapeto inverso, porque en realidad aunque sean una barrera esos cristales que se interponen entre el mundo y él en realidad lo aclaran y perfilan para su mirada, le he visto unos ojos pequeñísimos y algo cansados, los ojos de un miope que lleva ya muchos años protegido tras sus cristales. Una vez le comenté que alguna compañera de la maestría de escritura creativa donde fue mi profesor me había confesado que le encantaba su coquetería de combinar la montura de las gafas con la ropa que vestía cada día. Ella llegó a afirmar que las botellas de agua vitaminada que traía a clase también iban a juego con la ropa y las gafas. Al escuchar aquello se rió, con una risa un tanto tímida que nunca llega a la carcajada, tapándose la boca con la mano y ocultando ese gesto donde se acentúa su ligero prognatismo, la mandíbula inferior ligeramente adelantada a la superior, el labio fino y belfo. Al igual que las caricias, o rápidas pasadas podría decirse, que realiza sobre su cráneo, esa particularidad física puede ser el origen de otro gesto muy suyo: tras caga trago se limpia meticulosamente los labios con una servilleta y abre un nuevo campo a la interpretación. Esa boca, con su aire habsbúrguico, siempre me ha llamado la atención y por eso en alguna ocasión le he preguntado por sus orígenes centroeuropeos. Se ríe también cuando me escucha esas pregunta como lo hace al contarle la confesión de mi compañera de clase, y no me responde nada mientras se frota los ojos antes de volver a colocarse tras su parapeto, siguiendo ese gesto tan repetido de aquellos que no pueden evitar usar anteojos durante todo el día. Sólo cuando ya puede ver sin ningún matiz borroso o desenfocado confiesa que desde hace un par de años no usa más que un único par de gafas porque son las únicas con lentes multifocales que posee. Tiene en casa varias gafas para ver de lejos y algunas para ver de cerca, pero tan sólo un par que puede usar en todo momento y precisamente por eso anda preocupado de un tiempo a esta parte, no vaya a ser que se le rompan y tenga que volver a llevar encima, como mínimo, dos pares de gafas. Esa austeridad, la costumbre de viajar ligero de equipaje y llevando encima lo mínimo imprescindible, es otro de los rasgos de su carácter que, no por menos evidente, hay que dejar pasar. Los que han visitado su casa me han contado que el mobiliario es casi monacal, sin espacio para lo superfluo. He pensado que esa austeridad tenga mucho que ver con haber vivido desde hace tantos años en un exilio sin fecha de vuelta desde que se fuera de Argentina hace ya más de veinte años. Vivir en perpetuo movimiento, con apenas lo puesto. Porque parece hacerte recordar en cada gesto que para vivir basta con uno mismo.

Otro texto sacado del baúl de los recuerdos. Un ejercicio de la clase de Muñoz Molina donde se trataba de describir a alguien desde lo visible. Pues eso.

12 mayo 2013

Instantáneas


Sobre la mesa de madera sin barnizar y rayada de cicatrices, se ve una taza de café negro a medio beber. Junto a ella una cucharilla sucia y un sobre de azúcar abierto. Unas monedas y unos dólares aparecen en la esquina de la imagen, huyendo del encuadre. Pero el centro de la imagen lo ocupa una mano izquierda que sostiene un pequeño lápiz de bolsillo sin borrador en el extremo, y deja ver unas palabras escritas en lo que parece el reverso de la cuenta: “My Romance”, “The Watch”, “The Oil”, “The Crosley”, “The Room”.

Las borlas blancas sobre el empeine del mocasín. Las manchas de pintura secas e indelebles ya sobre la tela de pana gris. La mochila, medio abierta, que deja ver un libro de Aritmética y unas revistas de corazón. Dos manos que se observan para buscarse a escondidas, sabedoras de que nadie repara en ellas. El abrigo cuarteado y con algunos desgarrones pero todavía apto para el uso. Los ojos enormes tras unas gafas de culo de botella medio ocultas tras un Times doblado con esmero. Los ojos de una pareja que, más que mirarse, se acarician. El luminoso indica que Spring es la siguiente parada.

El año pasado hubo una retrospectiva de Vivian Maier en una galería de Chelsea. Antonio Muñoz Molina se emocionó e invitó al alumnado a escribir pequeños textos que emularan, de algún modo, las instantáneas de Maier. Pues eso.

15 abril 2013

Atención: secreto a voces

¿Para qué sirven los premios literarios? En España, desde luego, como mecanismo promocional y poco más. Tan sólo los lectores más ingenuos o menos atentos a los correveidiles del negocio editorial siguen identificando un premio con un libro de calidad. Mucha tinta ha corrido ya sobre lo oportuno de fundar nuevos galardones concedidos tras la publicación de los libros, que surjan de una valoración externa a la editorial que los ha sacado a la luz. Sin creer de todo que sea esa la solución a seguir, creo que lo mejor sería acabar de una vez por todas con algo tan infantil como los premios literarios, sí que conviene llamar la atención sobre un certamen que en España obtiene poco eco informativo, quizás porque las bases del mismo imposibilitan que un español pueda ganarlo, pero que ha demostrado una fiabilidad más que destacable. Desde hace casi treinta años la fundación Anna Seghers premia a un autor emergente en lengua alemana y a un latinoamericano. La nómina de los premiados demuestra, sobre todo en años recientes, el tino del jurado, que ha sabido descubrir a jóvenes escritores justo antes de su eclosión crítica: Gumucio, Rivera Garza o Guadalupe Nettel obtuvieron el premio cuando comenzaban a ser conocidos más allá de sus países de origen. Más determinante ha sido el premio para Fabián Casas o Lina Meruane, ya que les sirvió como pasaporte para cruzar fronteras.
En septiembre se falló la última edición del galardón. Lo obtuvo un autor casi desconocido fuera de su país, el boliviano Wilmer Urrelo Zárate (1975), cuyos libros, pese a estar editados por la filial local de Alfaguara, no han circulado apenas en el extranjero. Tan sólo la traducción al italiano de su primera novela desmiente la idea de alguien casi totalmente desconocido fuera de Bolivia. Y, en cambio, Urrelo Zárate lleva siendo el secreto a voces más difundido de la literatura boliviana desde hace tiempo. Mundo negro (2001) obtuvo el Premio Nacional de Primera Novela, Fantasmas asesinos (2007) el Premio Nacional de Novela y Hablar con los perros (2011) le ha servido para ganar el Anna Seghers.
Lo más llamativo, con todo, de sus novelas es la ambición que destilan. Mientras críticas superficiales hablan de la omnipresencia de la novela corta como género de los jóvenes autores o de una simplicidad estructural y estilística, Urrelo desmonta el cómo lugar común con libros de setecientas páginas en las que recoge el guante de las «novelas totales» de lo que se bautizó con el nombre idiota de Boom: solapamiento de narradores, diversidad de tramas meticulosamente enlazadas, estructuras de complejidad creciente que siempre se muestran necesarias cuando uno completa la lectura, una prosa trabajada hasta el delirio para fundir la oralidad y las virtudes estilísticas del narrador culto. No es casual, tampoco, que en cada uno de los libros haya ido estableciendo una revisión de diversos modelos y tradiciones, en Mundo negro de la novela policial y la narrativa metaliteraria, en Fantasmas asesinos dialoga de tú a tú con el Vargas Llosa que ganó el Nobel, aquel que escribiera La casa verde o Conversación en La catedral, y en Hablar con los perros explora los mecanismos narrativos de modo más sofisticado aún y se atreve a reescribir, entre otras cosas, la «versión boliviana» de la guerra del Chaco que contara Roa Bastos desde el frente paraguayo en Hijo de hombre. Pero hay mucho más en las páginas de estas novelas, que están dispuestas a albergar a cualquier lector audaz dispuesto a montar los brillantes rompecabezas que ha diseñado Urrelo Zárate con precisión quirúrgica. La distancia entre las fechas de publicación hablan de un autor que se toma el tiempo necesario en darle forma a sus narraciones.
Un último detalle: de momento sus libros siguen sin salir de Bolivia, al menos en papel, ya que Alfaguara los distribuye mundialmente tan sólo en formato electrónico. Jamás estuvo tan justificado gastarse el dinero del dispositivo necesario para leerlos.
Artículo fue publicado en el suplemento Babelia del diario El País (Madrid) el 13 de abril de 2013

26 marzo 2013

Arqueos

Fotografía de Micaela Hernández

Hace un par de años decidí dejar de participar en las votaciones, recuentos, arqueos –cada uno puede utilizar el nombre que prefiera– de “lo mejor del año”. Por eso cuando recibí la invitación de Patricio Zunini a participar en la de Eterna Cadencia decliné enviar votación alguna. Ahora ya se conoce el resultado, justísimo, que determinó a El viento que arrasa de Selva Almada como libro del año. Quizás el veredicto, centrándose sólo en esa novela que, parafraseando una de esas frases promocionales tan gastadas en Argentina: “La novela que Borges hubiera aceptado escribir” o cualquiera de sus habituales variantes, podría haberse vendido como “La novela que Flannery O’Connor hubiera escrito de ser argentina” ha eclipsado otro texto de la autora, intensísimo y también fascinante, como Intemec, que de haber sido publicado en papel habría obtenido mayor eco con total certeza, y que convierte a su próxima novela, Ladrilleros, en uno de los libros más esperados por los asiduos de las librerías.
Pero elegir la de Selva Almada como “mejor novela del año” a secas es injusto, y es ése uno de los motivos de que estos recuentos me parecen tan arbitrarios. Un libro es bueno o malo, independientemente del momento en que se haya publicado. La Historia de la literatura se fija, en realidad, poco en las fechas. Los procesos que sigue son muy diferentes. Un ejemplo perfecto a ese respecto es lo sucedido con Rodolfo Walsh y su Operación masacre. Por mucho que se insista, porque es de justicia y hay que hacerlo, en el hecho de que se anticipase ocho años a In Cold Blood es intrascendente porque la importancia del libro y los ecos del mismo son irrelevantes en comparación con los obtenidos por el de Capote. Eso no quiere decir que Operación masacre no sea un texto fundamental, pero a nadie parece importarle ya en qué año fue publicado, y resulta un poco ingenuo pretender anteponerlo como origen de la efervescencia de la no ficción –término calcado del inglés, por cierto, lo que sirve como un síntoma o argumento más–. El viento que arrasa es bueno porque lo es, y punto. El año en que haya visto la luz no es lo relevante. Por eso, anclarlo a un ejercicio, como si se tratase del arqueo de un contable, es no sólo innecesario, sino que menoscaba el hecho de que los libros están muy por encima del año de su publicación. Además, el tufo a contabilidad, a cierre de ejercicio que desprenden estos resúmenes le da a todo un aire economicista al asunto que me deprime profundamente. Bastante pesado resulta ya la omnipresencia de las cifras de ventas, del número de reimpresiones –soy de la vieja guardia, perdón– como mecanismo promocional de un título, como para echar más leña al fuego censando las apreciaciones críticas dentro de un ejercicio anual.
Además, cuántas veces no ocurre que, en un mismo año, aparecen varios libros excepcionales y en otros no hay nada que llevarse a la boca. La metáfora de las cosechas es muy adecuada en ese sentido, las hay buenas, muy buenas, y las hay malas. Pero, al cabo del tiempo, ¿quién salvo un enólogo recuerda cuáles fueron unas y cuáles otras? Yo no sé qué año fue bueno para un vino cuando voy a la tienda a comprar una botella para la cena a la que he sido invitado. Me guío por el hecho de que me suene el nombre de las bodegas, por lo que el vendedor me indique, por mi presupuesto. Creo que como todo el mundo. Por eso uno sabe, como dije antes, que “las bodegas” Selva Almada son un seguro de calidad. Y lo de menos, al final, es la cosecha que se lleva un a casa. ¿No?
Me llama la atención de las votaciones de Eterna Cadencia, al contrario de las que se hacen en otros medios o países –y pienso particularmente en mi España natal, ese quebradero de cabeza constante– que se apuesta por lo novedoso. Es, debo decirlo si quiereo ser honesto, algo que me congratula y, en buena medida, considero un criterio acertado. Si uno repasa el palmarés, por así decirlo, de todas las convocatorias, destaca el interés por descubrir nuevas voces, por sancionar trayectorias emergentes, algo en lo que se opone a mi experiencia española, donde se celebran en muchos casos obras menores de autores consagrados. Como sucede casi siempre, lo acertado suele estar en el punto medio, y quizás hay libros de autores muy reputados que merecerían más atención, y no lo obtienen porque, como cualquiera puede observar, los medios digitales son pasto de las nuevas generaciones, tanto para el enfrentamiento como para el halago, y muchos autores parecen quedarse fuera de ese mundo virtual al que no están, sencillamente, habituados. Posiblemente, y por ahí habría que reconocer que en el pecado llevan la penitencia, interesados. Así que estas nóminas apresuradas de la publicado en una temporada resultan, también, tan parciales y escoradas como las que se hacen desde la prensa escrita. Y, por eso, igualmente desatinadas en su esencia.
Pero, más allá de lo caprichoso o efímero de un calendario, de lo arbitrario de los planes de edición que trasladan un libro de diciembre a enero por detalles de producción, o del grado de interés que estas votaciones tengan a la hora de ensalzar o favorecer las carreras de los autores, me molestan por lo que tienen de competitivo. Sé que son un enfrentamiento de bajo voltaje, y que nunca llega la sangre al río. O no debería, al menos, pero por eso no dejo de sentirme incómodo ante ellas. Tampoco quiero lanzar un mensaje pseudohippie de amor y de paz. No es ése el asunto. En realidad es que creo que, como dijo una vez Beatriz Sarlo y repitió Spregelburd, ganar es fascista. Aunque sea en un pequeño reducto, que será pronto pasto del pasado y del saber trivial que alimenta los concursos de preguntas, porque entrega la idea de que algo se ha hecho bien y punto. Cierra la puerta a la reflexión, al análisis y, por extensión, al cambio y la mejora. Mientras que la derrota, al menos, obliga a un análisis de lo sucedido y, quizás, a un cambio, a una depuración. Algo importantísimo en la creación artística que se sostiene, ineludiblemente, en la continua mejora, que ansia la idea de una perfección imposible y, hasta cierto, punto castradora, pero que sólo puede ser perseguida desde la conciencia del error, del fallo, de la pérdida.
Ni qué decir tiene que me alegro mucho por los ganadores, por los escogidos o seleccionados en este tipo de convocatorias. Pero no dejo de pensar que en realidad son mucho más productivas para los que no están en las listas. Y eso, quizás, las hace un poco perversas y, en cierta medida, innecesarias. Pero puedo estar equivocado, por supuesto.
Texto publicado en el blog de la editorial y librería Eterna Cadencia el 26 de marzo de 2013