18 mayo 2013

Lenta biografía


Cada vez más el poema es un gesto de amabilidad desolada, 
una apariencia esencial y no una realidad esencial. 
Igor Barreto, El llano ciego 

Se acaricia el cráneo afeitado con la yema del dedo. El gesto puede ser entendido como un indicador de que está calibrando el interés de la pregunta que se le ha hecho o meditando una respuesta válida. Son, en todo caso, interpretaciones. Después de que Rodin hiciera su célebre escultura parece que cualquier persona que se toca la cabeza se halla sumido en las reflexiones más profundas. La mano parece dirigir el pensamiento, si toca el cráneo es porque es el cerebro lo que se está usando. Sin embargo es posible que el origen de ese gesto, tan suyo por la cantidad de veces que lo repite, se deba tan sólo a la costumbre de cerciorarse de la longitud de su cabello. Tal vez se trate ya de un tic inconsciente, como lo son todos los tics por otro lado, y él mismo no sea consciente de la cantidad de veces en que las yemas de sus dedos índice y corazón se desplazan de la parte superior de su frente hasta la región occipital. Ese gesto recalca aún más su calvicie, que es lo más llamativo de su aspecto al primer vistazo. Pareciera que una cabeza afeitada induce a considerar que la persona es más meditabunda. Otro signo poderoso: el cráneo no se oculta, así que fije la atención del que mira. Muchas veces, cuando me toca describirlo para gente que jamás lo ha visto les digo que se parece a Foucault. Pero sin el jersey con cuello de cisne. Sí he visto alguna fotografía del filósofo francés en la que todavía se le ve con algo de pelo, y en cambio no he visto jamás una sola instantánea en la que él no tuviera el cráneo pulcramente afeitado. Intuyo que, obedeciendo las imposiciones de una coquetería inusual en él, que podría calificarse como coquetería humilde porque está basada en el respeto y la cortesía hacia los demás más que en la vanidad o el narcisismo, jamás se permite el descuido de aparecer en público con aspecto desaseado. En su caso eso significa que se afeita el cabello y la barba con absoluta pulcritud. Todos los días en que dicta clase o tiene en su agenda algún compromiso social acude afeitado y sólo en algunos días fuera de horarios prefijados, en días de asueto y fines de semana en que uno aprovecha para disfrutar de los placeres de olvidar las obligaciones, lo he visto con una incipiente barba de dos o tres días y unas canas brotando tímidas a los lados de la cabeza, sobre las orejas. Pero, como ya he dicho, ha sido en muy contadas ocasiones y, ahora que lo recuerdo, él estaba en medio de algún viaje donde lo primero que llamaba la atención era el escaso equipaje que portaba: una pequeña mochila de uso diario que a él le basta para cinco noches fuera de casa.
Tampoco es habitual verle sin gafas. Casi nunca se las quita, ni siquiera para limpiarlas en público, cayendo en ese gesto tan habitual de algunos miopes. Las pocas veces en que, en medio de una charla ante un café o una cerveza, se permite abandonar ese parapeto inverso, porque en realidad aunque sean una barrera esos cristales que se interponen entre el mundo y él en realidad lo aclaran y perfilan para su mirada, le he visto unos ojos pequeñísimos y algo cansados, los ojos de un miope que lleva ya muchos años protegido tras sus cristales. Una vez le comenté que alguna compañera de la maestría de escritura creativa donde fue mi profesor me había confesado que le encantaba su coquetería de combinar la montura de las gafas con la ropa que vestía cada día. Ella llegó a afirmar que las botellas de agua vitaminada que traía a clase también iban a juego con la ropa y las gafas. Al escuchar aquello se rió, con una risa un tanto tímida que nunca llega a la carcajada, tapándose la boca con la mano y ocultando ese gesto donde se acentúa su ligero prognatismo, la mandíbula inferior ligeramente adelantada a la superior, el labio fino y belfo. Al igual que las caricias, o rápidas pasadas podría decirse, que realiza sobre su cráneo, esa particularidad física puede ser el origen de otro gesto muy suyo: tras caga trago se limpia meticulosamente los labios con una servilleta y abre un nuevo campo a la interpretación. Esa boca, con su aire habsbúrguico, siempre me ha llamado la atención y por eso en alguna ocasión le he preguntado por sus orígenes centroeuropeos. Se ríe también cuando me escucha esas pregunta como lo hace al contarle la confesión de mi compañera de clase, y no me responde nada mientras se frota los ojos antes de volver a colocarse tras su parapeto, siguiendo ese gesto tan repetido de aquellos que no pueden evitar usar anteojos durante todo el día. Sólo cuando ya puede ver sin ningún matiz borroso o desenfocado confiesa que desde hace un par de años no usa más que un único par de gafas porque son las únicas con lentes multifocales que posee. Tiene en casa varias gafas para ver de lejos y algunas para ver de cerca, pero tan sólo un par que puede usar en todo momento y precisamente por eso anda preocupado de un tiempo a esta parte, no vaya a ser que se le rompan y tenga que volver a llevar encima, como mínimo, dos pares de gafas. Esa austeridad, la costumbre de viajar ligero de equipaje y llevando encima lo mínimo imprescindible, es otro de los rasgos de su carácter que, no por menos evidente, hay que dejar pasar. Los que han visitado su casa me han contado que el mobiliario es casi monacal, sin espacio para lo superfluo. He pensado que esa austeridad tenga mucho que ver con haber vivido desde hace tantos años en un exilio sin fecha de vuelta desde que se fuera de Argentina hace ya más de veinte años. Vivir en perpetuo movimiento, con apenas lo puesto. Porque parece hacerte recordar en cada gesto que para vivir basta con uno mismo.

Otro texto sacado del baúl de los recuerdos. Un ejercicio de la clase de Muñoz Molina donde se trataba de describir a alguien desde lo visible. Pues eso.

12 mayo 2013

Instantáneas


Sobre la mesa de madera sin barnizar y rayada de cicatrices, se ve una taza de café negro a medio beber. Junto a ella una cucharilla sucia y un sobre de azúcar abierto. Unas monedas y unos dólares aparecen en la esquina de la imagen, huyendo del encuadre. Pero el centro de la imagen lo ocupa una mano izquierda que sostiene un pequeño lápiz de bolsillo sin borrador en el extremo, y deja ver unas palabras escritas en lo que parece el reverso de la cuenta: “My Romance”, “The Watch”, “The Oil”, “The Crosley”, “The Room”.

Las borlas blancas sobre el empeine del mocasín. Las manchas de pintura secas e indelebles ya sobre la tela de pana gris. La mochila, medio abierta, que deja ver un libro de Aritmética y unas revistas de corazón. Dos manos que se observan para buscarse a escondidas, sabedoras de que nadie repara en ellas. El abrigo cuarteado y con algunos desgarrones pero todavía apto para el uso. Los ojos enormes tras unas gafas de culo de botella medio ocultas tras un Times doblado con esmero. Los ojos de una pareja que, más que mirarse, se acarician. El luminoso indica que Spring es la siguiente parada.

El año pasado hubo una retrospectiva de Vivian Maier en una galería de Chelsea. Antonio Muñoz Molina se emocionó e invitó al alumnado a escribir pequeños textos que emularan, de algún modo, las instantáneas de Maier. Pues eso.

15 abril 2013

Atención: secreto a voces

¿Para qué sirven los premios literarios? En España, desde luego, como mecanismo promocional y poco más. Tan sólo los lectores más ingenuos o menos atentos a los correveidiles del negocio editorial siguen identificando un premio con un libro de calidad. Mucha tinta ha corrido ya sobre lo oportuno de fundar nuevos galardones concedidos tras la publicación de los libros, que surjan de una valoración externa a la editorial que los ha sacado a la luz. Sin creer de todo que sea esa la solución a seguir, creo que lo mejor sería acabar de una vez por todas con algo tan infantil como los premios literarios, sí que conviene llamar la atención sobre un certamen que en España obtiene poco eco informativo, quizás porque las bases del mismo imposibilitan que un español pueda ganarlo, pero que ha demostrado una fiabilidad más que destacable. Desde hace casi treinta años la fundación Anna Seghers premia a un autor emergente en lengua alemana y a un latinoamericano. La nómina de los premiados demuestra, sobre todo en años recientes, el tino del jurado, que ha sabido descubrir a jóvenes escritores justo antes de su eclosión crítica: Gumucio, Rivera Garza o Guadalupe Nettel obtuvieron el premio cuando comenzaban a ser conocidos más allá de sus países de origen. Más determinante ha sido el premio para Fabián Casas o Lina Meruane, ya que les sirvió como pasaporte para cruzar fronteras.
En septiembre se falló la última edición del galardón. Lo obtuvo un autor casi desconocido fuera de su país, el boliviano Wilmer Urrelo Zárate (1975), cuyos libros, pese a estar editados por la filial local de Alfaguara, no han circulado apenas en el extranjero. Tan sólo la traducción al italiano de su primera novela desmiente la idea de alguien casi totalmente desconocido fuera de Bolivia. Y, en cambio, Urrelo Zárate lleva siendo el secreto a voces más difundido de la literatura boliviana desde hace tiempo. Mundo negro (2001) obtuvo el Premio Nacional de Primera Novela, Fantasmas asesinos (2007) el Premio Nacional de Novela y Hablar con los perros (2011) le ha servido para ganar el Anna Seghers.
Lo más llamativo, con todo, de sus novelas es la ambición que destilan. Mientras críticas superficiales hablan de la omnipresencia de la novela corta como género de los jóvenes autores o de una simplicidad estructural y estilística, Urrelo desmonta el cómo lugar común con libros de setecientas páginas en las que recoge el guante de las «novelas totales» de lo que se bautizó con el nombre idiota de Boom: solapamiento de narradores, diversidad de tramas meticulosamente enlazadas, estructuras de complejidad creciente que siempre se muestran necesarias cuando uno completa la lectura, una prosa trabajada hasta el delirio para fundir la oralidad y las virtudes estilísticas del narrador culto. No es casual, tampoco, que en cada uno de los libros haya ido estableciendo una revisión de diversos modelos y tradiciones, en Mundo negro de la novela policial y la narrativa metaliteraria, en Fantasmas asesinos dialoga de tú a tú con el Vargas Llosa que ganó el Nobel, aquel que escribiera La casa verde o Conversación en La catedral, y en Hablar con los perros explora los mecanismos narrativos de modo más sofisticado aún y se atreve a reescribir, entre otras cosas, la «versión boliviana» de la guerra del Chaco que contara Roa Bastos desde el frente paraguayo en Hijo de hombre. Pero hay mucho más en las páginas de estas novelas, que están dispuestas a albergar a cualquier lector audaz dispuesto a montar los brillantes rompecabezas que ha diseñado Urrelo Zárate con precisión quirúrgica. La distancia entre las fechas de publicación hablan de un autor que se toma el tiempo necesario en darle forma a sus narraciones.
Un último detalle: de momento sus libros siguen sin salir de Bolivia, al menos en papel, ya que Alfaguara los distribuye mundialmente tan sólo en formato electrónico. Jamás estuvo tan justificado gastarse el dinero del dispositivo necesario para leerlos.
Artículo fue publicado en el suplemento Babelia del diario El País (Madrid) el 13 de abril de 2013

26 marzo 2013

Arqueos

Fotografía de Micaela Hernández

Hace un par de años decidí dejar de participar en las votaciones, recuentos, arqueos –cada uno puede utilizar el nombre que prefiera– de “lo mejor del año”. Por eso cuando recibí la invitación de Patricio Zunini a participar en la de Eterna Cadencia decliné enviar votación alguna. Ahora ya se conoce el resultado, justísimo, que determinó a El viento que arrasa de Selva Almada como libro del año. Quizás el veredicto, centrándose sólo en esa novela que, parafraseando una de esas frases promocionales tan gastadas en Argentina: “La novela que Borges hubiera aceptado escribir” o cualquiera de sus habituales variantes, podría haberse vendido como “La novela que Flannery O’Connor hubiera escrito de ser argentina” ha eclipsado otro texto de la autora, intensísimo y también fascinante, como Intemec, que de haber sido publicado en papel habría obtenido mayor eco con total certeza, y que convierte a su próxima novela, Ladrilleros, en uno de los libros más esperados por los asiduos de las librerías.
Pero elegir la de Selva Almada como “mejor novela del año” a secas es injusto, y es ése uno de los motivos de que estos recuentos me parecen tan arbitrarios. Un libro es bueno o malo, independientemente del momento en que se haya publicado. La Historia de la literatura se fija, en realidad, poco en las fechas. Los procesos que sigue son muy diferentes. Un ejemplo perfecto a ese respecto es lo sucedido con Rodolfo Walsh y su Operación masacre. Por mucho que se insista, porque es de justicia y hay que hacerlo, en el hecho de que se anticipase ocho años a In Cold Blood es intrascendente porque la importancia del libro y los ecos del mismo son irrelevantes en comparación con los obtenidos por el de Capote. Eso no quiere decir que Operación masacre no sea un texto fundamental, pero a nadie parece importarle ya en qué año fue publicado, y resulta un poco ingenuo pretender anteponerlo como origen de la efervescencia de la no ficción –término calcado del inglés, por cierto, lo que sirve como un síntoma o argumento más–. El viento que arrasa es bueno porque lo es, y punto. El año en que haya visto la luz no es lo relevante. Por eso, anclarlo a un ejercicio, como si se tratase del arqueo de un contable, es no sólo innecesario, sino que menoscaba el hecho de que los libros están muy por encima del año de su publicación. Además, el tufo a contabilidad, a cierre de ejercicio que desprenden estos resúmenes le da a todo un aire economicista al asunto que me deprime profundamente. Bastante pesado resulta ya la omnipresencia de las cifras de ventas, del número de reimpresiones –soy de la vieja guardia, perdón– como mecanismo promocional de un título, como para echar más leña al fuego censando las apreciaciones críticas dentro de un ejercicio anual.
Además, cuántas veces no ocurre que, en un mismo año, aparecen varios libros excepcionales y en otros no hay nada que llevarse a la boca. La metáfora de las cosechas es muy adecuada en ese sentido, las hay buenas, muy buenas, y las hay malas. Pero, al cabo del tiempo, ¿quién salvo un enólogo recuerda cuáles fueron unas y cuáles otras? Yo no sé qué año fue bueno para un vino cuando voy a la tienda a comprar una botella para la cena a la que he sido invitado. Me guío por el hecho de que me suene el nombre de las bodegas, por lo que el vendedor me indique, por mi presupuesto. Creo que como todo el mundo. Por eso uno sabe, como dije antes, que “las bodegas” Selva Almada son un seguro de calidad. Y lo de menos, al final, es la cosecha que se lleva un a casa. ¿No?
Me llama la atención de las votaciones de Eterna Cadencia, al contrario de las que se hacen en otros medios o países –y pienso particularmente en mi España natal, ese quebradero de cabeza constante– que se apuesta por lo novedoso. Es, debo decirlo si quiereo ser honesto, algo que me congratula y, en buena medida, considero un criterio acertado. Si uno repasa el palmarés, por así decirlo, de todas las convocatorias, destaca el interés por descubrir nuevas voces, por sancionar trayectorias emergentes, algo en lo que se opone a mi experiencia española, donde se celebran en muchos casos obras menores de autores consagrados. Como sucede casi siempre, lo acertado suele estar en el punto medio, y quizás hay libros de autores muy reputados que merecerían más atención, y no lo obtienen porque, como cualquiera puede observar, los medios digitales son pasto de las nuevas generaciones, tanto para el enfrentamiento como para el halago, y muchos autores parecen quedarse fuera de ese mundo virtual al que no están, sencillamente, habituados. Posiblemente, y por ahí habría que reconocer que en el pecado llevan la penitencia, interesados. Así que estas nóminas apresuradas de la publicado en una temporada resultan, también, tan parciales y escoradas como las que se hacen desde la prensa escrita. Y, por eso, igualmente desatinadas en su esencia.
Pero, más allá de lo caprichoso o efímero de un calendario, de lo arbitrario de los planes de edición que trasladan un libro de diciembre a enero por detalles de producción, o del grado de interés que estas votaciones tengan a la hora de ensalzar o favorecer las carreras de los autores, me molestan por lo que tienen de competitivo. Sé que son un enfrentamiento de bajo voltaje, y que nunca llega la sangre al río. O no debería, al menos, pero por eso no dejo de sentirme incómodo ante ellas. Tampoco quiero lanzar un mensaje pseudohippie de amor y de paz. No es ése el asunto. En realidad es que creo que, como dijo una vez Beatriz Sarlo y repitió Spregelburd, ganar es fascista. Aunque sea en un pequeño reducto, que será pronto pasto del pasado y del saber trivial que alimenta los concursos de preguntas, porque entrega la idea de que algo se ha hecho bien y punto. Cierra la puerta a la reflexión, al análisis y, por extensión, al cambio y la mejora. Mientras que la derrota, al menos, obliga a un análisis de lo sucedido y, quizás, a un cambio, a una depuración. Algo importantísimo en la creación artística que se sostiene, ineludiblemente, en la continua mejora, que ansia la idea de una perfección imposible y, hasta cierto, punto castradora, pero que sólo puede ser perseguida desde la conciencia del error, del fallo, de la pérdida.
Ni qué decir tiene que me alegro mucho por los ganadores, por los escogidos o seleccionados en este tipo de convocatorias. Pero no dejo de pensar que en realidad son mucho más productivas para los que no están en las listas. Y eso, quizás, las hace un poco perversas y, en cierta medida, innecesarias. Pero puedo estar equivocado, por supuesto.
Texto publicado en el blog de la editorial y librería Eterna Cadencia el 26 de marzo de 2013

23 marzo 2013

"Mi cuento favorito" para 60 Watts


No tengo un cuento favorito, jamás lo he tenido y creo que nunca lo tendré. Esa es la única verdad y debe ser advertida desde el inicio. Pero sí le tengo mucho cariño a este cuento. Quizás porque me fascinó desde la primera vez que lo leí y porque por entonces casi nadie se acordaba de Rafael Dieste –bueno, quizás ahora sí, después de que Bolaño lo incluyera como una referencia en La parte de Amalfitano, ya que el libro que cuelga el protagonista en el tendedero del patio de su casa es de Dieste, su Testamento geográfico-. Además es un cuento que pertenece a la primera producción de Dieste, recogida en el libro Dos arquivos do trasno, escrita en gallego, más cercana a lo fantástico que la posterior, y que suele obviarse en las contadas ocasiones en que se habla de su obra. Así que muchas veces lo he recomendado, lo he convertido en lectura obligada en los talleres que he impartido, etc. Es una narración instalada en la misma corriente de textos mucho más reconocidos como The turn of the screw, Casa tomada o Los adioses, en los que tan sólo conocemos una versión de la historia, parcial y posiblemente distorsionada, que impide afirmar al lector que conoce de modo fidedigno lo ocurrido. Como en la vida, por otro lado. Por otro lado porque conecta de modo directo con una de las obsesiones de Edgar Allan Poe, al que todos coincidiremos a la hora de considerar padre del cuento moderno: la de ser enterrado vivo. Y comparte esa mirada morbosa y fúnebre, posiblemente una de las características de su producción que mejor ha aguantado el paso del tiempo. En fin, una de las virtudes de las grandes obras es que se explican por sí mismas y convierten en innecesarias las exégesis o análisis de las mismas. Ellas mismas, como la vida, se imponen por sí solas. Aquí acaba lo pesado y comienza lo bueno, disfrútenlo.
a invitación de su director Diego Zúñiga el 13 de marzo de 2013

06 febrero 2013

Desbordes



Uno entiende que sean necesarias las categorías y sus segmentaciones a la hora de diseñar una caja de herramientas. O unos impresos para pagar impuestos. Pero se me hacen muy incómodos en otros contextos de la vida. En las librerías, por ejemplo. Si yo montase un negocio dedicado a la venta de libros –algo poco probable, ya que si elijo un establecimiento minorista me decantaré siempre por un bar, y jamás lo decoraré con estanterías abarrotadas de libros para darle aire intelectual- usaría el arbitrario, y socorrido, orden alfabético de autores para su ordenación. Nada de las manidas categorías de ficción o no ficción, las de poesía, narrativa y ensayo, o las separaciones siguiendo el origen geográfico de los autores o las lenguas usadas en el texto original. Sin lugar a dudas el origen de ese desprecio a las categorías tiene su origen, en mi caso, en mi experiencia como lector y, sobre todo, como autor.
No he leído jamás a un escritor realmente notable que no supusiera una incómoda excepción dentro de la categoría en la que se le ubique de modo habitual. No hay un solo escritor verdaderamente trascendente para el devenir de la literatura que no cuestione esas barreras genéricas, e incluso geográficas. Un gran ensayista sabe que debe disponer con pericia narrativa sus argumentos para conseguir que el lector transite por todas las páginas a lo largo de las que ha desarrollado sus ideas. Un narrador eficiente está al tanto de que la digresión especulativa puede darle mayor empaque a la mera sucesión de acciones que sirve como esqueleto de sus historias, y que éstas deben ser capaces de hacer vibrar al lector con la intensidad que logra la mejor poesía. Y los poetas, los buenos poetas, saben que la más sólida efusión lírica se cimienta sobre una atención por el detalle y lo material propias de la mejor épica, que un poema debe avanzar no sólo en el espacio de la página, sino también en el desarrollo de la anécdota de la que ha surgido y que los conceptos e ideas deben estar siempre envueltos en escenas y objetos reconocibles de modo instantáneo por el lector.
Todo eso lo sabe muy bien Luis Chaves, por eso es, entre otras cosas, un estupendo poeta. También es un profesor querido y respetado por sus alumnos, un padre simpático y esforzado, un amigo refrescante y atento, y un esposo agradecido y devoto. Pero, sobre todo, es un poeta excepcional. Como el mejor modo de convencer a alguien es, sencillamente, ofrecer una muestra, aquí hay un pequeño poema extraído de su libro Asfalto, un road poem, (sí, la ironía del subtítulo refuerza la narratividad latente en el libro y en cada una de sus composiciones).
Foto
En la vieja billetera moldeada por la nalga, la fotografía de épocas mejores. Los dos es un parque de otro país. La foto en la que para siempre ella mirará, no a él, que la abraza, sino al desconocido que la tomó.
Es muy complicado expresar un sentimiento de un modo más brillante, certero y breve. Y, lo que es más importante en el caso de la poesía, ofrecer en el texto los elementos necesarios para que el lector experimente ese mismo sentimiento, para que pueda evocar de entre sus propias vivencias un sentimiento similar. La toma de conciencia, una mente más inclinada alo religioso o James Joyce hablarían de una epifanía, de lo efímero de los sentimientos, de lo impostado de nuestras actitudes, de lo relevante que un detalle puede ser cuando estamos preparados para interpretarlo. Pero no es sólo eso, es también un objeto, la cartera de cuero deformada por el tiempo, por haber sufrido muchas horas entre el trasero y el asiento, por haber sufrido una acumulación de papeles, de objetos a lo largo del tiempo. Y están las experiencias comunes de la pareja, los viajes, el turismo, la felicidad que retrató alguien, un tercero, al que no siquiera les une lazo afectivo alguno pero que ha sido, en realidad, el destinatario de la pose de ella. ¿Y él? No se dice nada de él, y precisamente en ese silencio es donde el lector debe cerrar la imagen. Él la abraza a ella, la mira a ella, no a el fotógrafo improvisado. Porque él, entonces, sólo tenía ojos para ella y sólo ahora, al observar de nuevo la foto, repara en que ella ya entonces sí tenía otras cosas en las que pensar. Como, quizás, suceda ahora con él.
Luis Chaves, como su amigo Fabián Casas, con quien trabó una profunda amistad durante la época en que residió en Buenos Aires, es un poeta que se caracteriza por la elaboración de materiales autobiográficos –lo que no significa, en ningún caso, que su poesía sea autobiográfica, no seamos ingenuos a estas alturas-, y por realizar un salto al vacío en cada poema. Esa estética del error de la que tantas veces ha hablado Casas. En cada pieza de Chaves hay una voluntad de errar, de lanzar la flecha a cualquier lado, con la esperanza de que, intuitivamente, casi podría decirse por arte de magia, la flecha de en la diana. Y lo hace muy a menudo, siempre sobreponiéndose a la idea que el lector común tiene de lo que es un poema. Prosaicos, los poemas de Chaves lo reciben a uno en zapatillas de andar por casa. No es casual que su poemario Monumentos ecuestres, cuyo título genera una imprevista expectativa de grandilocuencia inédita en la trayectoria del autor, se abra con una traducción de un poema de Charles Simic extraído de The World Doesn’t End:
Se acerca el tiempo de los poetas menores. Adiós Whitman, Dickinson, Frost. Bienvenido seas, tu fama nunca llegará más allá del círculo familiar, o quizás a uno o dos buenos amigos reunidos después de cenar alrededor de una jarra de animoso vino tinto… mientras los niños, a punto de dormirse, se quejan del ruido que hacés al rebuscar en los armarios tus viejos poemas, temeroso de que tu esposa los haya botado en la limpieza de la primavera pasada.
Está nevando, dice alguien que se asomó a la noche oscura, y entonces él, también, se vuelve hacia vos cuando vas a leer, un poco teatral y con la cara enrojecida, el extenso y divagante poema de amor cuya última estrofa (aún no lo sabés) se ha perdido irreparablemente.
—A la manera de Aleksandar Ristovic
En esa tensión se mueve la poesía de Chaves. Será, siempre, por temática, una poesía menor, privada, alejada de toda impostación –no queda mucho espacio para otra poesía hoy, por cierto, aunque algunos no se hayan dado cuenta-, pero al mismo tiempo milimétricamente corregida, bruñida hasta la extenuación no para enfatizar su brillo sino, por el contrario, para opacarlo, para hacerlo lo más disimulado posible. Frente al retoricismo de la lírica grandilocuente al uso, Chaves apostó desde el inicio por la difícil sencillez de lo eterno.
Sólo quien ha escrito, y más todavía en el caso de la poesía, sabe lo complicado que es ser sencillo. Hay que despreciar lo cómodo, lo fácil, y darle vueltas a lo que uno tiene entre manos para lograr que sea más puro, más directo, sin perder la belleza y sonoridad de la música. En eso la labor del buen poeta se parece mucho a la de un buen diseñador, y tiene, sí, algo de artesanía en el sentido más exigente del termino, allí donde la labor manual ensalza y no menoscaba la excelencia del producto, su singularidad.
Publicado en 2005, Chan Marshall es un poemario extraño en la tradición hispánica. No sólo por el nombre anglófono, sino porque Chan Marshall es el nombre real (Charyn Marie Marshall si uno atiende a la exactitud total y absoluta) de la cantante y compositora Cat Power. Una referencia popular, desarmante para muchos lectores que presumen de cultos, que ubica al poeta en una estela y marca un registro definitivo. El de la juventud, el de la cercanía, el de los sencillos problemas que toda pareja ha tenido.
Teológica 
Aquellas vacaciones prometimos creer en Dios si te bajaba la regla. No te vino. Tampoco somos padres. Y Dios, bueno, será mejor que de verdad no exista.
No es necesario impostar la voz, buscar temas peraltados o someter al lector al suplicio de poemas construidos con los remiendos de ideas, lecturas u ocurrencias, como sucede con tanta poesía de estirpe posmoderna o, utilicemos de modo benévolo el adjetivo, experimental. Como suele decirse, si se dice que una producción artística es experimental es que algo salió mal en el camino. Porque las innovaciones logradas pasan, automáticamente, a ser tradición, y obligan a redibujar las fronteras marcadas y rescribir las definiciones. Y la poesía, la verdadera poesía, no hace sino desvelar una realidad que estaba oculta al ojo común pero permanecía latente a la espera de alguien capaz de intuirla. La creación es eso, no extrañas síntesis de laboratorio. Porque la vida fluye con naturalidad, sin entender de límites ni forzar la fusión quimérica y llena de costurones de una vanguardia mal entendida. La poesía se pregunta por lo que hay detrás, debajo, más allá, y no por capricho, sino porque ahí está su verdadero motivo de existencia, lo que debe ser desvelado. Así lo tanteaba Chaves en uno de sus poemas incluidos en Historias Polaroid:
El objeto del deseo
Debajo de ese lunar tan sexy
crece en silencio
un tumor maligno.
Bibliografía:
  • “La máquina de hacer niebla, selección de poesía (1997-2011), antología poética. La isla de Siltolá, 2012, Sevilla.
  • “La foto/ Das foto”, textos reunidos. Traducción al alemán de Timo Berger. Hochroth Verlag, 2012, Berlin.
  • “Grandioso bingo”, antología poética. Casa de la poesía, 2012, San José de Costa Rica.
  • “Monumentos ecuestres”, poesía. Germinal, 2011, San José de Costa Rica.
  • “300 páginas”, ensayos. Lanzallamas, 2010, San José de Costa Rica.
  • “El mundial 2010”, apuntes. Germinal, 2010, San José de Costa Rica.
  • “Asfalto. Un Road Poem”, poesía. Perro Azul, 2006, San José de Costa Rica; Liliputienses, 2012, Cáceres; Lanzallamas, 2012, San José de Costa Rica
  • “Chan Marshall”, poesía. Visor, 2005, Madrid; Vox, 2011, Bahía Blanca; Germinal, 2012, San José de Costa Rica.
  • “Cumbia”, poesía. Eloísa Cartonera, 2003, Buenos Aires.
  • “Historias Polaroid”, poesía. El perro azul, 2001, San José de Costa Rica.
  • “Los animales que imaginamos”, poesía. Premio Sor Juana Inés de la Cruz. México: Conaculta, 1998; San José: Ediciones Perro Azul, 1998
  • “El Anónimo”, poesía. Guayacán, 1996, San José de Costa Rica.
Texto publicado en el blog de la librería y editorial Eterna Cadencia el 6 de febrero de 2013

24 enero 2013

Cartografías sentimentales

La historia de los mundos ficticios es más amplia de lo que la crítica suele atestiguar. De no ser así no se entendería un libro enciclopédico como el que escribió Alberto Manguel junto a Gianni Guadalupi bajo el título de The Dictionary of Imaginery Places (Guía de los lugares imaginarios en su traducción al castellano), jamás reeditado como debe ser en castellano, por cierto, con el amplio formato de la primera edición donde los mapas podían realmente disfrutarse. Aún así, siempre se citan los mismos casos al hablar de la literatura contemporánea: el Yoknapatawpha de Faulkner en primer lugar, y siempre como ascendiente directo de la Comala de Rulfo, el Macondo de García Márquez y Santa María de Onetti. No es este el lugar destinado para explicar por qué el espacio onettiano es diferente a los otros, sobre todo en lo tocante a su generación y representación dentro de los libros como ya que en La vida brevese puede presenciar su construcción como entorno ficticio. Me llama mucho más la atención, por ejemplo, que no se hable nunca del DF de Bolaño, la Buenos Aires de Borges o la Londres de Dickens como lugares igualmente imaginarios. Que sus nombres, algunas referencias tipográficas y detalles similares coincidan con los de espacios que pueden encontrarse en un viaje físico no los convierte necesariamente en lugares “reales” que deben ser interpretados como espacios físicos auténticos. Me hace mucha gracia, siguiendo el hilo, la gente que viaja a Praga para fotografiarse en los escenarios de los textos de Kafka, los que realizan safaris fotográficos en el Brooklyn de Paul Auster (me ahorro las valoraciones literarias en este caso) o, aunque fuera fuente de riqueza para muchos manchegos avispados, los que pagan por retratarse junto al “verdadero molino” que don Quijote confundió con el gigante Briareo. Bueno, para gustos los colores, como suele decirse. La explicación más socorrida que se me ocurre es que esa predilección por las geografías existentes, o materializables desde el papel al mundo en que nos movemos, se debe a que de algún modo la ficción funciona como explicación de lo real, hace más patente su condición de suplemento y no de sustitutivo de lo experimentable en la vida “real”.
Quizás por ese motivo, la crítica ha preferido considerar dentro de la literatura española a Fernando San Basilio un costumbrista puesto al día y poco más. Sus tres novelas transcurren en escenarios conocidos y reconocibles de Madrid e interpretables como reales por cualquier ciudadano, y su voluntad narrativa parece enfocarse al retrato más o menos fiel de las anécdotas cotidianas de un grupo de personajes. Tampoco hay que menospreciar esa interpretación porque, incluso dentro de esa categorización, la obra de San Basilio resultaría una muestra de narrativa excelente a todos los efectos. Tanto por su capacidad para plasmar en la página los miedos y rituales de la clase media como por la sorprendente narratividad que despliega, en la que el lector cae seducido sin posible escapatoria para seguir embelesado las peripecias de los héroes de sus novelas, patéticos y entrañables y, sobre todo, abrumadoramente verosímiles y cercanos. Si la narrativa pasa por construir vidas que pueden ser asumidas como tales por el lector, historias verosímiles con la capacidad de suplantar la realidad, San Basilio debería ser nombrado el mejor narrador español de su generación, sin ambages ni excusas, porque es, desde luego, el que mejor ha sabido recrear la vida y sus detalles en su escritura.
Pero, la verdad, a mí esa lectura meramente superficial, me deja un tanto insatisfecho. No creo que la intención de San Basilio sea la de colocar un espejo al borde del camino, ni siquiera la de aprovecharse de los numerosos escaparates y vidrieras de un centro comercial como La Vaguada para tener una visión poliédrica de la realidad en la que nos movemos –una suerte de behaviorismo puesto al día a través del tamiz del capitalismo tardío que haría las delicias de muchos críticos que trabajan con patrones heredados de la Escuela de Frankfurt o desde enfoques postmarxistas (bueno, creo que todo el pensamiento económico hoy nace de Marx, sea neocon o comunista, así que…)-. Yo creo que, en realidad, San Basilio es mucho más astuto que todo eso, y se aprovecha de la tendencia natural del lector deformado ya por la narrativa mayoritaria para colarnos sus ficciones como trasuntos de realidad. O sea, que el universo que él ha creado en torno a La Vaguada como espacio mítico -quizás sea conveniente aclarar para los que no lo conocen que se trata de un centro comercial pionero en España que fue bautizado en primera instancia como Madrid 2 hasta que el pueblo lo renombró con la denominación del terreno donde había sido edificado- es una creación ficticia más cercana a la Tierra Media de Tolkien o al Marte de Bradbury que un retrato del espacio real. Pero no lo parece. O al menos no lo parece en los textos de San Basilio. Ahí radica una de las grandes virtudes de su narrativa y, al mismo tiempo, el más subyugador de sus misterios.
Sería interesantísimo poder explicar el truco. Fijarse con detenimiento en cada uno de los movimientos de prestidigitador que San Basilio ha hecho en sus tres novelas, tan cercanas en origen a su experiencia personal –a veces tomarse unas cervezas con un autor de vez en cuando sirve para indagar en los rastros autobiográficos de sus textos- como alejadas de ella en su plasmación literaria –porque no se deben leer, jamás, como textos memorialísticos-, para lograr crear mundos donde el lector se siente tan cómodo, los encuentra tan reconocibles, que le parecen ya vividos, reconocidos y no descubiertos, cuando en realidad son narraciones llenas de enfoques, historias, sentimientos tan ajenos a uno mismo y sorprendentes que no se puede encontrar explicación posible para esa sensación de reconocimiento. Pero, como los grandes magos, San Basilio ha sabido hacer eso tan complicado que sólo logran algunos poetas –porque él trasciende la narración y ahí radica una de sus grandezas- y es habernos hecho sentir como propias experiencias que jamás vivimos.

Bibliografía:
  • "El joven vendedor y el estilo de vida fluido". Madrid, 2012, Impedimenta.
  • "Mi gran novela sobre La Vaguada". Madrid, 2010, Caballo de Troya.
  • "Curso de librería". Madrid, 2006, Caballo de Troya.
Texto publicado en el blog de la editorial y librería Eterna cadencia el 24 de enero de 2013

10 diciembre 2012

El lunático, de Charles Simic



El mismo copo de nieve
estuvo cayendo del cielo gris
toda la tarde,
cayendo y cayendo
y recogiéndose a sí mismo
del suelo,
para caer de nuevo,
pero ahora de modo más disimulado,
más cuidadoso
porque la noche se había acercado
para ver qué estaba pasando.
Publicado en la revista The New Yorker (Dec-10)
Fotografía de Peter Gregoire