09 noviembre 2006

Parecidos razonables

Una de las cosas que, por trabajo, hace uno de vez en cuando es investigar por Internet, por librerías, en busca de nuevas poéticas. A veces a uno le mandan textos, otras veces llegan amigos con ellos.
El otro día vino una compañera a la oficina con un ejemplar de la revista Escribir y publicar del mes de Noviembre de 2006, el número 47. En la página 16 de la revista incluyen el siguiente dodecálogo para cuentistas, redactado, según la revista, por Erskine Caldwell.
Es el siguiente:

I.- Contar un cuento es saber guardar un secreto. El cuento no es género para chismosos. Se aproxima mejor al estilo de la gente reservada que sabe guardar secretos, que mantiene su propio misterio o, si se ve obligado a revelarlo, lo hará con reticencias.
II. Los cuentos suceden siempre ahora, aun cuando hablen del pasado. No hay tiempo para más, y ni falta que hace. El cuento es enemigo de la retórica y de los períodos largos que quitan agilidad y velocidad a la trama.
III. El excesivo desarrollo de la acción es la anemia del cuento. O, mejor dicho, su muerte por asfixia. El cuento es acción, pero no sobrecarga de acción. Hay cuentos de una inmovilidad opresiva pero eficaz.
IV. En las primeras líneas del cuento se juega la vida; en las últimas líneas, la resurrección. En cuanto al título, al contrario de lo que muchos piensan, si es demasiado brillante se olvida fácilmente. Un buen comienzo es como una buena apertura de ajedrez; un buen desarrollo depende de una buena apertura; si apertura y desarrollo son buenos, hasta el fin sorpresivo sale sobrando. Lo del título es una observación sagaz.
V. Los personajes no se presentan: simplemente actúan. En el cuento el narrador (y menos el autor) no acapara, sino que cede la palabra a sus personajes. El cuento es un género que privilegia el punto de vista, la confrontación entre varios ángulos de visión.
VI. La atmósfera puede ser lo más memorable de un argumento. La mirada puede ser el personaje principal. "La caída de la casa Usher", de Poe, cuento gótico por excelencia, crea una atmósfera opresiva muy eficaz.
VII. En narrativa, el lirismo contenido produce magia. El lirismo sin freno, trucos. Bioy Casares dijo alguna vez: Yo quisiera escribir una novela que tenga, de la intimidad, la falta de énfasis. ¡Hay que evitar los énfasis líricos! Y los otros.
VIII. La voz del narrador tiene tal importancia que no debe notarse. Resulta más fácil mentir desde la discreción que desde la exhibición o el ingenio. Otra vez es mejor un narrador reticente, que sabe dosificar sus revelaciones, que un latero pródigo en detalles superfluos.
IX. Por excepciones que puedan citarse, la frase corta resulta la más natural para un cuento. Corregir: reducir. Corregir: reducir. Esta es una máxima fundamental. Hay que cortar flecos, encajes, lentejuelas y otros abalorios.
X. El talento es el ritmo. Los problemas más sutiles empiezan en la puntuación.La buena puntuación ayuda a la respiración del lector y subraya la importancia del ritmo de la prosa.
XI. En el cuento, un minuto puede ser eterno y la eternidad cabe en un minuto. ¿La literatura es un fenómeno de espacio o de tiempo? Es sobre todo una continua refutación del tiempo.
XII. Terminar un cuento es saber callar a tiempo. Las explicaciones finales son odiosas como por lo general los epílogos. El misterio o el secreto dicho a medias convocan a la complicidad del lector, son una señal de respeto porque le obligan a interactuar con el autor, a crear sus propias conjeturas.

Desde el primer momento algo me escamó en ese dodecálogo, ya lo había leído en algún lugar. Como uno tiene buen disco duro no me costó nada recordar la fuente: Andrés Neuman, epílogo "Variaciones sobre el cuento" incluído en el libro El último minuto, y recogido más tarde como poética propia en la antología Pequeñas resistencias. Corro a por el ejemplar de la antología publicada por Páginas de Espuma y allí me encuentro el dodecálogo. Igual. Rebusco el ejemplar del libro original -que no poseo- en librerías y bibliotecas y allí está, pero el asunto va más allá. El texto viene encabezado por una cita a modo de epígrafe de Erskine Caldwell.
Procedo a buscar en Internet -que, como todos sabemos, es la enciclopedia más cómoda que tenemos a mano, aunque eso no quiera decir que sus saberes estén contrastados- y encuentro numerosas páginas, casi todas argentinas, con el dodecálogo de Caldwell. Algunas lo incluyen tal cual lo han publicado en la revista, otras directamente igual al de Neuman.
Busco en el ISBN del Ministerio y compruebo que Caldwell es un autor escasamente publicado en España. Algunas novelas, pero no los libros de cuentos -escribió unos ciento cincuenta que le han valido su renombre en el mundo anglosajón. Por supuesto, no hay libro alguno traducido que pueda ojear para buscar este dodecálogo. Buscando en inglés, por cierto, no aparece nada, ni en las tablas de contenidos de sus libros a la venta en Amazon o Barnes & Noble.
Así que me decido a ir a la fuente de la información. Llamo a la redacción de la revista donde una voz de hombre con acento argentino -porteño, tampoco soy tan experto como el protagonista de My fair lady en estas cuestiones- me dice que no tienen la fuente bibliográfica del texto -bravo por la seriedad, la verdad es que viendo la revista no me sorprende- pero que se lo ha mandado un colaborador y uno puede encontrarlo sin problema en Internet. Desde luego lo único que me queda claro es que la revista en cuestión es tan fiable como el horóscopo del SuperPop. Bravo por Silvia Adela Kohan y Ariel Rivadeniera, dos eminencias intelectuales. Me gustaría decir que me indigna esta falta de profesionalidad, pero teniendo en cuenta que es una revista en la que mezclan a Coelho con Asimov uno ya sólo puede sospechar.
Así pues no hay fuente bibliográfica alguna que acredite la adscripción de ese dodecálogo a Caldwell frente a la opción de Neuman. Reflejo aquí el primer capítulo del epílogo referido:

I. Dodecálogo de un cuentista

"Inevitablemente, algún día, un catedrático hará girar las páginas de este libro en busca de una clavija para colgar su sombrero...
Al principio se sentirá desanimado ante el descubrimiento de que ha violado su regla fundamental que dice: "Nunca se ha de finalizar una frase con una preposición". A pesar de todo, tendrá la esperanza de descubrir el secreto de escribir cuentos...
Cuando haya dado fin a su investigación seguramente escribirá un libro titulado Once recetas distintas para redactar un cuento corto".
Erskine Caldwell


Empecemos por el final, como decía Poe que se escriben los cuentos. Antes que cualquier otra consideración, me gustaría formular un dodecálogo personal. Es verdad que los principios teóricos suelen partir más del resultado de la escritura que de su origen. Pero también creo que las poéticas no son una cuestión de magia, sino reflexión (o tal vez de magia reflexiva). Sirvan pues estos enunciados, fruto del ensayo y del error, como síntesis de mi visión del cuento:

I. Contar un cuento es saber guardar un secreto.
II.Los cuentos suceden siempre ahora, aun cuando hablen del pasado. No hay tiempo para más, y ni falta que hace.
III. El excesivo desarrollo de la acción es la anemia del cuento. O, mejor dicho, su muerte por asfixia.
IV. En las primeras líneas del cuento se juega la vida; en las últimas líneas, la resurrección. En cuanto al título, al contrario de lo que muchos piensan, si es demasiado brillante se olvida fácilmente.
V. Los personajes no se presentan: simplemente actúan.
VI. La atmósfera puede ser lo más memorable de un argumento. La mirada puede ser el personaje principal.
VII. En narrativa, el lirismo contenido produce magia. El lirismo sin freno, trucos.
VIII. La voz del narrador tiene tal importancia, que no debe notarse. Resulta más fácil mentir desde la discreción que desde la exhibición o el ingenio.
IX. Por excepciones que puedan citarse, la frase corta resulta la más natural para un cuento. Corregir: reducir.
X. El talento es el ritmo. Los problemas más sutiles empiezan en la puntuación.
XI. En el cuento, un minuto puede ser eterno y la eternidad cabe en un minuto.
XII. Terminar un cuento es saber callar a tiempo.

Se le despiertan a uno muchas dudas. Y me gustaría que alguien me las aclarara. Al principio, como suele suceder en estos casos, pensé en el plagio -ya sabemos todos: "piensa mal y acertarás", ¡qué bien eso del plagio!, que se supone indignante y ominoso, como si con eso acabara la carrera de uno, aunque haya gente por esos mundos de Dios que ha plagiado y nadie le hace ni le dice nada, léase Ana Rosa o Etxeberarría- pero leyendo con detenimiento el dodecálogo que se le atribuye a Caldwell se encuentra uno con una referencia a Bioy Casares, y, la verdad, sin intención de ofender al amigo de Borges -al fin y al cabo se le conoce por eso, ¿no?-, no creo que Caldwell leyera nunca nada suyo. Con lo que la posibilidad de una mixtificación es evidente, se acrecenta.
Así que me quedo necesitado de soluciones, de aclaraciones. Me gustaría que Neuman, algún argentino de los que han colgado ese dodecálogo en la web, o alguien -por supuesto, de la gente de la revista Escribir y publicar uno no espera nada- me aclarase qué es todo esto. Tampoco es que me quite el sueño -sea de quien sea el dodecálogo no es tan bueno como para eso- pero sí me inquieta.

Parece ser que este post ha generado un cierto revuelo y creo que dicha polémica se ha alejado del verdadero asunto de esta entrada. Tal vez, con la ambigüedad que me caracteriza, no he dejado suficientemente claro en el texto que la autoría de ese dodecálogo es de Andrés Neuman, y no de Erskine Caldwell. Una autoría que se puede rastrear en cualquier biblioteca: además de en el referido epílogo de El último minuto, se puede encontrar en la antología, que preparó el mismo Neuman, Pequeñas resistencias y en su recién publicado libro de relatos Alumbramiento. No era la intención de este autor y del blog que administra poner en tela de juicio la autoría de esa reflexión sobre el género, sino los dudosos mecanismos de difusión -y en cierta medida contaminación- del conocimiento que se llevan a cabo a través de la red. Y, sobre todo, la tendencia estúpida a confiar en la web como única fuente de autoridad, una práctica, por cierto, cada vez más extendida.
En el post traté de reflejar la evolución del autor de este texto al descubrir el hecho narrado, desde la inicial alegría de sentirse uno un detective hasta la solución final a la que, por mera lógica, tras la lectura de los dos textos se llega. El texto publicado en la revista y que puede encontrarse en Internet es un mal apaño del texto de Neuman, con añadidos superfluos y algunas pistas evidentes que delatan al origen del mismo. De hecho, ha sido el propio Neuman el que, por vía telefónica, me ha dado unas referencias del para mí casi desconocido Caldwell. Si alguien quisiera leer al completo el epílogo del libro de Neuman y salir de dudas puede hacerlo a través de este enlace. En un amable comentario que ha hecho a esta entrada de la bitácora se explican los orígenes de esta mixtifiación. Espero que, en un futuro, sepamos cómo acaba.
Esta addenda viene a corregir un posible error de lectura del texto, que no es otro que alguien tuviera la duda de quién es el autor del texto: Andrés Neuman. Búsquenlo en las librerías y las bibliotecas, que es como debe leerse la literatura.